BELTANE. MAITE GALIANA. (cuento)
BELTANE
Manuela y sus amigos buscaban un bar donde tomar café. El único bar del pueblo estaba cerrado, era el día del trabajo y en el albergue no habían repuesto las maquinas.
-Nos hemos perdido, dijo Humberto con cierta guasa.
–Siempre nos perdemos, replicó Mari resignada.
-Es por aquí, aseveró Juanjo moviendo el volante de su coche nuevo.
La sinuosa carretera terminaba en las ruinas de una ermita incrustada en la montaña. Una gruta se abría hambrienta junto a la derrumbada construcción. Bajaron a contemplar aquel paraje desconocido. Un río cantaba su canción distante al fondo del barranco. El vuelo placido y cercano de un halcón les obligó a miran al cielo. Nubes blancas y grises sobre un inmenso y brillante azul. Los prados verdes, salpicados por las tejas rojas de algunas construcciones mínimas. Las montañas nevadas del norte que se resistían a dar paso a la primavera y dibujaban, blanquísimo, el horizonte. El viento templado relajó la frente de Manuela.
Ella quería volver al albergue. A pesar del asombroso espectáculo que la naturaleza les ofrecía, algo le inquietaba. Había escuchado su nombre como un susurro desde el interior de la cueva y un escalofrió gris recorrió su cuerpo. Asustada, volvió la cabeza. Si se hubiera dejado llevar por el primer impulso, hubiera salido corriendo de allí a toda velocidad. Mari insistía en entrar a la cueva y Manuela se rindió ante la nula disposición de Juanjo a regresar.
Entraron en la cueva y sus ojos se abrieron con asombro al contemplar aquel monumental páramo formado por las aguas. La luz de la tarde descubría una vista gris. Miles de cuernos cristalinos bajaban desde el techo y se unían al suelo creando fantásticas figuras, arcos con caprichosas formas, algunas de ellas parecían claramente personajes pétreos olvidados en la oscuridad, otras semejaban hogueras cristalizadas.
Se oía rumor de agua. Una pequeña hendidura en la roca dejaba resbalar mansamente gota a gota su néctar transparente formando un lago a cuyo alrededor se amontonaba el verdor del musgo.
-Mirad esto, dijo Mari, señalando una especie de tapa en el suelo
-¡No lo toques!, grito Manuela a quien habían empezado a castañetearle los dientes, un poco por el frio y la humedad y un poco por el miedo que controlaba con dificultad.
Mari escarbó con el pie y apareció, herrumbrosa, una argolla.
-¡Ayudadme! dijo Mari imperativa al comprobar que ella sola no podía levantar aquella tapa. Juanjo y Humberto, divertidos y curiosos tiraron hasta despegar la losa del suelo.
Unas escaleras descendentes les dieron la bienvenida, la excitación y el miedo se iban apoderando de la pequeña comitiva que descendía casi hipnotizada hacia el vientre de aquel inesperado misterio.
¡Beltane!, ¡Beltane! repetían las mujeres desnudas bailando con vehemencia en torno al fuego. En el centro de la caverna, sobre una inmensa piedra negra, el fuego amarillo, rojo y azul calentaba una olla de enormes dimensiones. Cientos de antorchas pendían de las paredes cavernosas e iluminaban todos los rincones.
A través del humo que flotaba en el ambiente apareció borrosamente una cara perversa, semi humana, demoniaca, terrible. Manuela pudo ver los cuernos que sobresalían de su cabeza, la boca entreabierta y las orejas puntiagudas. Iba tambaleándose hacia ella en la humareda y en medio del terror y la desesperación Manuela se desplomó.
Las mujeres se acercaron y les ofrecieron una bebida caliente y aguardentosa, el sabor de aquel brebaje saco a Manuela de su letargo. Antes de que pudieran darse cuenta estaban bailando en torno al fuego repitiendo aquel extraño nombre ¡Beltane¡ ¡Beltane!
Era la fiesta del primero de mayo, el día propicio para la fecundación.
El macho cabrío fornicaba con deleite y todos, hombres y mujeres se entregaban a la voluptuosidad del fuego y el aguardiente.
Manuela y el dios cornudo se unieron en el salvaje rito sexual y el universo entero copuló con ellos. Cánticos procedentes de las entrañas profundas de la tierra llegaron a través de las galerías. El éxtasis hizo temblar cuerpos y piedras, las llamas se extendieron abrasadoras por todo el espacio. El viento subterráneo lanzó su grito enloquecido al exterior.
La luna, como un sol plateado se dejo ver en lo alto de la cueva. Un búho ululó en algún lugar. El tiempo dejó de existir.
Pasaron nueve lunas y el vientre de Manuela expulsó al exterior el fruto de su matriz fecundada. El bebé de orejas puntiagudas balbucía Beltane, Beltane.
Maite Galiana Mayo 2012,
