ANTONIO. MAITE GALIANA. Cuento.
ANTONIO
Antonio parecía más alto al otro lado de la puerta. Las sienes plateadas, la piel morena, la mirada intensa. La casaca y el pantalón blanco le daban un aspecto saludable, seguro de si mismo. Sonrió con generosidad y me abrazó.
¡Que agradable sorpresa! Exclamé sincera mientras le invitaba a pasar a mi despacho.
La muerte de su madre le había dolido. Llevaba las cenizas de Anita para esparcirlas en el gran lago africano como había expresado en sus últimos deseos.
No hablamos del pasado, ni del futuro, el avión salía esa misma tarde y el presente lo envolvía todo.
Su aura emanaba un fluido brillante y azul, su mirada era la del sabio que ha encontrado el conocimiento y la paz.
Con el dinero de la herencia podía hacer feliz a mucha gente. Había visto demasiado mundo como para seguir aferrado a la lujuria, la culpa y la vanidad.
Nos despedimos con un ¡Hasta siempre!.
En los momentos siguientes a la marcha de Antonio, no pude evitar que mi memoria extrajera del rincón más profundo la esencia de estas dos vidas que el destino había querido llevar hasta mí, tal vez, por que me hallaba en disposición de escuchar.
Adoraba su trabajo. Había pasado media vida ayudando a traer niños al mundo y por un extraño capricho del destino, su matriz fue incapaz de engendrar. Sospechó durante años que era culpa del marido, pero nunca se atrevió a decirlo. Se había repetido hasta la saciedad que si Dios no había querido bendecirles con un hijo, por algo seria. Rozando los cincuenta el matrimonio adoptó un bebé. Anita supo por el tamaño de sus manos que no crecería mucho pero… ellos tampoco eran muy altos.
El vecino con el que jugaba al “Este será nuestro secreto” se pegó un tiro y tuvo la sensación velada de que él, el pequeño Antonio, había tenido algo que ver. Recorrió la adolescencia confundido y culpable, al paso que marcaban las hormonas indomables.
Su madre quería que aprendiera idiomas y lo mandó a Londres para perfeccionar el inglés. En una antigua librería del SOHO conoció a una médium entradita en carnes que lo invitó a una sesión de espiritismo. Antonio descubrió por capricho de los espíritus que era adoptado.
El camino al aeropuerto Heathrow se vistió de cuerpos desmembrados. El autobús que iba detrás, voló por los aires, la explosión rompió los cristales de algunos edificios e incendio varios coches. ¡Otro atentado! comentó el taxista con resignación. ¡Oh my God!
Antonio llegó a Madrid sin alma, incapaz de integrar en su personalidad la información oscura que lo envolvía y desubicaba.
Después vendría la frenética búsqueda del amor, la entrega sexual a cambio del
abrazo, del contacto con el otro, de caricias soñadas, que a veces, muchas veces, resultaron ser bofetones o palizas.
No era guapo, de piernas cortas, poco musculoso y culo lamido. Nada en el llamaba la atención y sin embargo, pocos eran los hombres que se resistían a la seducción de su mirada que, de alguna manera, en algún lenguaje subliminal, les invitaba a comer la fruta prohibida.
Cualquier sitio era bueno para el sexo, en el parque, en el metro, en la piscina, jóvenes, mayores, medianos, todos valían.
Sabía sonreír muy bien, sabia hacer reír a los demás aunque él se muriera por dentro. Su risa se contagiaba, hipnotizaba, seducía.
El sexo daba a su vida un oscuro sentido, expresaba su rebeldía contra todo y contra todos y le producía un morboso placer, estar en el lugar prohibido, en peligro, envuelto en llamas. Antonio se enamoraba, pero muy pocas veces era correspondido.
Mas tarde hablaría idiomas, viajó por todo el mundo dejando jirones de su alma en cada espacio. Recordaba Jerusalén como la ciudad del sexo y el amor. Allí pasó los mejores días de su vida.
El pequeño apartamento del barrio judío donde convivió con Michel; las tardes románticas; los cielos altos; la sensualidad. Si, tal vez Michel le amó de verdad, tal vez fuera el único hombre que le amó. Aquel chico francés pasó como una estrella fugaz, desapareció como luz que se pierde en un agujero negro. Murió una mañana de mercado. El pequeño palestino tiró de la anilla que llevaba a la cintura y se inmoló junto a él con un absoluto desprecio por la vida.
La culpa y la soledad se instalarían en el corazón de Antonio como dos aves carroñeras que hubieran construido sus nidos en el mullido colchón de sus sentimientos. Fuera donde fuera, el aire era espeso, respirar se había convertido en un fatigoso afán.
El tipo al que se acababa de follar en el lavabo de la piscina le regaló la bolsita de polvo blanco. Vomitó pero, una agradable y desconocida sensación de calidez lo engancharía. Ahora tenia un amor, tenia un amor secreto; un amor que lo consolaba y lo envolvía en un abrazo cálido pero que le cobraba cada caricia; un amor que lo llevó al hospital en varias ocasiones por exceso de mimo; un amor que lo durmió en sus brazos, al volante, y estrelló su coche contra un árbol, casi pierde una pierna; un amor posesivo y celoso que le impedía tener cualquier otra relación.
El padre de Antonio murió al poco de enterarse de lo de su hijo. Anita se encontró sola, mayor y decepcionada por que nunca tendría nietos. ¡Un hijo homosexual ni en sus peores pesadillas!.
Estaba empeñada en curar a su hijo de este mal que, a su entender, era el culpable del dolor de Antonio. Le obligó a tomar un fármaco que garantizaba la cura del vicio y que al pobre Antonio le produjo una espantosa diarrea.
-¿La familia de Antonio García? Preguntó una voz al otro lado del teléfono
-Si, soy su madre.
-Está en las urgencias del Hospital de la Paz. Ha tenido un accidente con el coche.
Sintió como la sangre se agolpaba en el corazón y el aire no penetraba en los pulmones, tuvo que sentarse antes de preguntar si estaba vivo. La respuesta afirmativa le devolvió la serenidad.
Las heridas de la pierna de Antonio no cicatrizaban, Anita permaneció casi un año sentada a su lado en la habitación del hospital, cuidando, observando, vigilando a su hijo, prohibió la entrada a los amigos y solo los familiares que venían de vez en cuando lo visitaban. Anita parecía incombustible, tenía setenta y ocho años y una fortaleza envidiable.
Durante este tiempo abrigó la esperanza de que Antonio cambiara. Gracias a sus cuidados y a su vigilancia habían sido muy pocas las ocasiones en las que el chico había tenido posibilidad de abastecerse pero, con el alta, ironías de la vida, llegó la recaída, mas triste, mas dramática, mas desesperada.
Anita aprendería, en lo posible, a apartar de Antonio sus emociones y con infinito dolor, sufragó los gastos de su adicción y sus innumerables intentos de recuperarse.
Jesús, un alemán rubio, alto y cuadrado que Antonio conoció en Ibiza, le regaló un romántico viaje por la Europa verde, Austria, Suiza, Leinchestein.
Con Jesús viviría una de las peores experiencias de su vida, era un sádico recalcitrante que se excitaba humillándolo. Lo paseaba desnudo con una cadena al cuello en las fiestas que organizaban sus amigos teutones. Durante unas semanas su alma se perdió en algún imaginado cielo y su cuerpo se convirtió en una marioneta laxa. Nunca creyó que Barajas llegaría a ser una visión tan placentera. El corazón de Antonio siguió latiendo pero su ritmo era cada vez mas triste, mas apagado, gris. Las calles de Madrid le encogían el alma, seguía solo y le aterraba la soledad.
Antonio vino un día a mi consulta, tenia un ojo amoratado, heridas en el labio y la cara, flaco, encogido, parecía costarle mantenerse en pie. Necesitaba ayuda y dudé por un momento que yo pudiera dársela.
“Nora Abel, sicóloga y parapsicología te ayuda a construir un futuro mejor” Rezaba la propaganda que había insertado en una publicación local y que Antonio traía en la mano.
-Me encanta lo paranormal, me dijo mientras le invitaba a sentarse.
Le sentí disperso, perdido, un aura de llanto lo envolvía, le pregunté.
-Estoy enfermo, asustado, odio mi forma de vida, odio a mi madre que se empeña en curar mi homosexualidad, odio la heroína que me vence continuamente, que me engaña como la roja capa del torero engaña al toro inocente, odio a mi pareja, un ser despreciable que me obliga pistola en mano a obedecerle, odio el sexo, no deseo tener relaciones y las tengo, pero sobre todo me odio a mi mismo por no ser capaz de cambiar.
Había probado tratamientos de todo tipo, caros, baratos, del Estado, particulares, en España o en el extranjero, al amparo de la religión o en sectas sumergidas. No funcionó.
Me pidió que leyera las cartas para confirmarle la muerte inminente que según el le rondaba. Me encomendé al Espíritu pidiendo guía y mientras desplegaba los naipes, uno a uno, sobre la mesa redonda de mi consultorio, un fogonazo azul iluminó el cuerpo de Antonio que comenzó a irradiar colores opalescentes nacarados. Una sonrisa cándida se dibujó en sus labios y desaparecieron las heridas de su rostro. Le vi feliz, inmaculado, nítido, paseaba sereno a la orilla del agua, un montón de niños negros y ojos de aguacero dibujaban letras en la arena. Me pareció estar contemplando un cuadro de Sorolla. El globo terráqueo que adorna la mesa supletoria de la sala, se movió repentinamente y un rayo de sol intensísimo que atravesó el cristal de la ventana, señaló el punto durante unos segundos.
Los símbolos del Tarot hablaban de esperanza. Me acerqué al globo y una leve manchita marcaba el lugar.
Hay un camino, le dije, solo uno. África. Haz las maletas y ve a Chezi un pequeño poblado cerca del lago Nyassa, en Malawi. Se está construyendo una escuela. Tú eres el maestro que esperan.
No pude darle mas datos pero tuve la certeza de que no desaprovecharía esta información.
El espejo del recibidor le devolvió una luminosa sonrisa, las heridas de su cara habian desaparecido. Maite Galiana.
Madrid Enero 2006.