HORTENSIA. MAITE GALIANA. Cuento
HORTENSIA.
Vi que se acercaba al portal. Me recordó a Whoopi Coldber. Su aspecto estaba fuera del tiempo y del lugar. Llevaba una peluca color castaño mal colocada; la raíz de su pelo natural, negro y rizado sobresalía en la parte superior de la frente; el pelo artificial partido en dos, bajaba hasta los hombros de los que colgaban los tirantes de un vestido corto, ceñido en la cintura, con llamativos estampados frutales, un cancán blanco se veía por debajo de la tela multicolor. Anchas caderas, piernas gordas ligeramente arqueadas, enormes muslos negros visibles hasta las nalgas, su paso era firme y seguro a pesar del tacón exagerado de los zapatos blancos. Todo en ella parecía irreal.
La mesa redonda de mi despacho nos separaba. Le pregunté por el motivo de su visita e inmediatamente soltó un !Ay madre mía¡ seguido de una risita tonta que consiguió controlar con gran esfuerzo antes de decir con un mal español -“Tengo miedo, creo que voy a morir”-.
La propaganda decía: “ Nora Abel, sicóloga y parasicóloga licenciada te ayuda a superar tus miedos y a construir un futuro mejor”. No se de que modo había llegado a manos de Hortensia pero, ella se convirtió en mi primera clienta. Disimulé mi propio miedo lo mejor que pude y escuché su relato con atención.
-“Mi pueblo es un pueblo precioso de pocas chozas cerca del gran río. Hace dos años el río se secó, se acabó la pesca, se perdieron las cosechas y los animales enfermaron. La sequía provocó en mi país una hambruna que obligó a emigrar a un gran número de paisanos. Yo no quería venir a Europa pero no tenia nada que darles de comer a mis dos hijos. Los hecho mucho de menos. Su mirada se tornó nostálgica. - Era Whoopi en “El color Púrpura”-
Mi marido es un buen hombre, dijo poco convencida, desde que una mina le arrancó la mano derecha apenas me pega. El decidió que yo tenía que venir a España a trabajar en una casa. Mario, mi cuñado, nos prestó el dinero para el viaje.
Fui en autobús hasta el aeropuerto y desde allí en avión hasta Tombuctú donde me uní a un grupo de treinta personas. Nos llevaron en jeep hasta la frontera con Argelia y empezamos la travesía a pie por el desierto, rumbo a Marruecos.
Un senegalés corpulento me atacó una noche. Yo llevaba un cuchillo en mi mochila que procuraba tener a mano, aquellos hombres no me inspiraban confianza, antes de que me diera tiempo a empuñarlo se abalanzó sobre mi, me tapó la boca con su maloliente mano negra y nada pude hacer para evitar que me violara.
El senegalés abusó de mi repetidas veces hasta que un día pude usar mi cuchillo y clavárselo en el muslo. Estaba aterrada. Tuvo que dejar la caravana y me sentí aliviada aunque dolorida por los golpes que me propinó. ¡Ay madre mía! Exclamó llevándose las manos al vientre, aquel salvaje me dejo embarazada.
Dormíamos donde podíamos, en cuevas o pequeños campamentos improvisados por los traficantes de hombres.
Una mujer argelina de piel tostada y ojos compasivos me ayudó a desembarazarme. No tenía dinero suficiente para pagar el pasaje del feto.
Mil veces pensé volver a mi pueblo. Maldije a mi marido, a mi cuñado que me esperaba en algún lugar de Madrid, maldije a los usureros de sueños a los mercaderes de esperanza, pero sobre todo maldije al brujo. Mi marido me había obligado a darle un mechón de pelo que el brujo mantenía como rehén de mi persona hasta que devolviera el dinero del préstamo. Un dinero que se agotaba igual que la comida y el agua. Solo me quedaba mi nombre y el vago recuerdo de unos hijos ajenos a mi soledad.
Pasé casi tres meses escondida en la montaña, bebiendo mí orina para no morir. El peligro acechaba en todos los rincones. Me había ganado fama de loca después del incidente del senegalés y los hombres se mantenían alejados. En ocasiones, tuve que presenciar impotente como otras mujeres eran violadas u obligadas a prostituirse hasta conseguir los mil euros para el viaje.
Los quince kilómetros del estrecho fueron todavía peor que los mil del desierto.
En cuclillas, achicando agua de aquel cascarón de nuez en el que habíamos embarcado hombres mujeres y niños por un motivo que ahora se desdibujaba en la mente, hicimos el viaje mas espantoso que pueda imaginarse. Un hombre cayó por la borda y no pudimos socorrerle por el oleaje, pasamos casi veinte horas en el mar, a la deriva, hasta que el barco se estrelló contra una roca y todos salimos despedidos. Una patrulla de salvamento me rescató casi muerta. Estaba enferma, desgastada, hambrienta pero, me sentía vencedora,¡Lo había conseguido! Un mundo de ilusiones se abría ante mí. Estaba en España.
Llamé a Mario al número de teléfono que había memorizado repitiéndolo continuamente, como una oración. Un autocar me dejó en Madrid a los pocos días de haber llegado a España y Mario fue a buscarme al lugar indicado. Me instaló en una habitación con dos camas, una mesita de noche y un armario viejo.
Podía empezar a trabajar esa misma noche, me dijo alargándome unas bragas y un sujetador rojo fosforescente. La casa en la que iba a trabajar es la que aquí llaman Casa de Campo, mi lugar estaba junto a un árbol. De nada sirvió la protesta, le amenacé con decírselo a mi marido pero, el muy desgraciado, lo sabía desde el principio, Mario llevaba meses mandándole dinero a cuenta de mis futuros ingresos. La desilusión cayó sobre mi como una pesada roca”-.
-No quiero seguir en la prostitución-, dijo con voz firme, -pero me matarán-, aseguró.. El brujo me hace vudú y mis hijos están en peligro-. Guardó silencio unos segundos.
-Quiero que me quites la Brujería- dijo, mientras las niñas de sus ojos empezaban a girar hacia arriba y los globos oculares se tornaban completamente blancos, sus grandes y lechosos dientes chocaban entre si con el movimiento involuntario de la mandíbula, unas perlas de sudor empezaron a resbalar por su rostro desencajado.
No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Por detrás de su espalda comenzó a elevarse una sombra gris hasta formar la silueta de un hombre, llevaba un taparrabos y una diadema de plumas adornaba su cabeza. Movía un artilugio ruidoso alrededor del cuerpo vacío de Hortensia. Me aparté de la mesa y observé la escena. Mi mente buscó en un segundo la manera de deshacer aquella alucinación.
Un impulso me llevó a coger la phurba que adornaba la mesa supletoria introducida en un recipiente con sal. Apunté con esta especie de puñal de tres ángulos al corazón de la sombra que no dejaba de moverse alrededor de la pobre Hortensia y pronuncié unas palabras que vinieron del fondo de mi conciencia y que no puedo recordar. Un rayo de luz blanca envolvió mi mano y viajó desde la empuñadura hasta el espectro. Oí un grito agudo y espeluznante, la sombra empezó a desvanecerse y toda la habitación se llenó de un humo espeso y rojizo.
Me faltaba el aire, solté sobre la mesa la phurba caliente todavía, abrí la ventana y caí semi desmayada en el sillón.
El llanto de Hortensia me espabiló, me sentía tan cansada como si hubiera vuelto de un largo viaje, pero con el júbilo de estar, por fin, en casa. -Todo ha pasado ya - le dije con intención de tranquilizarla. Sus ojos parecían haberse teñido de amarillo y amenazaban con salirse de las orbitas. Me abrazó y, sin decir palabra, se fue a toda velocidad.
Una tarde me llamó desde Bruselas. El brujo había muerto fulminado por un rayo mientras agitaba en el aire su mechón de pelo. Mario estaba en la cárcel y ella había conseguido un buen trabajo como traductora, sus hijos vendrían pronto a Europa. Pienso en ti cada día y en cuanto pueda iré a verte. Te debo la vida, me dijo.
Hortensia parecía feliz. Su vida se había llenado de una nueva energía.
Madrid otoño 2005
Maite Galiana