EL SUSURRO DE LAS HOJAS. Dostoyevski

El susurro de las hojas

De Fiódor Dostoyevski

En una pequeña ciudad empapada de lluvias perpetuas, vivía Nikolái, un joven introvertido que trabajaba como archivista en la oficina gubernamental. Nikolái era un hombre ordinario, de rostro pálido y manos temblorosas, que encontraba refugio en los libros y en sus propios pensamientos. Sin embargo, su vida cambió la mañana en que vio a Maryam por primera vez.

Maryam era la hija del director de la oficina, una mujer de ojos oscuros y sonrisa reservada. Cuando caminaba por los pasillos, Nikolái apenas podía sostener la pluma sin que esta temblara. Su corazón latía con violencia, pero nunca tuvo el coraje de hablarle más allá de un tímido saludo. Para él, Maryam era un milagro que iluminaba su existencia gris, pero sabía que entre ellos se alzaba un abismo.

Nikolái comenzó a escribir cartas que nunca enviaba. En ellas, volcaba su alma, describía cómo cada gesto de Maryam era para él un poema, cómo sus risas eran como un bálsamo en su vida sombría. Las guardaba en un cajón, convencido de que Maryam jamás las leería, pero esas palabras eran su única conexión con ella.

Un día, Nikolái la vio llorar en el jardín de la oficina. Reunió todo su valor y se acercó. "¿Puedo ayudarla?" murmuró con la voz entrecortada. Maryam levantó la mirada, y por un instante, Nikolái sintió que su alma estaba desnuda ante ella.

"No," respondió ella con una dulzura que casi lo destruyó. "Es solo una tontería."

Sin embargo, esa breve interacción alimentó las esperanzas de Nikolái. Comenzó a imaginar un futuro en el que Maryam pudiera verlo como algo más que un empleado tímido. Pero esa esperanza se desmoronó el día en que la vio en brazos de otro hombre, un joven elegante que reía con ella bajo la lluvia.

Esa noche, Nikolái escribió su última carta. En ella, confesaba que su amor no era más que una sombra, una ilusión que solo él había sostenido. "Maryam," escribió, "no tengo derecho a amarte, pero no sé cómo dejar de hacerlo."

Guardó la carta junto a las demás y, al día siguiente, dejó su trabajo sin decir una palabra. Nunca volvió a verla. Pero cada otoño, cuando las hojas susurraban al caer, Nikolái sentía que las palabras no dichas de su amor seguían flotando en el aire, como un eco que jamás encontraría respuesta.

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