SILVIA PLATH. DIARIOS

Tumbada boca abajo en una roca lisa y tibia, tengo un brazo colgando para acariciar los bordes pulidos de la piedra calentada por el sol y sentir sus curvas suaves. Despide un calor, una calidez tan intensa y agradable que me parece como si fuera un cuerpo humano. Es un calor muy intenso, que atraviesa la tela del bañador y se propaga por todo mi cuerpo mientras siento el dolor de los pechos contra la piedra dura y lisa. Un viento salino y húmedo sopla desordenándome el pelo, y en su espesor centellean los destellos azules del mar. El sol penetra en cada uno de mis poros y sacia todas mis fibras famélicas con una inmensa paz dorada. Tendida sobre la roca, con el cuerpo tenso al principio, luego relajado, he sentido que el sol me violaba dulcemente sobre aquel altar y que me llenaba del calor del dios impersonal y colosal de la naturaleza. Cálido y perverso era el cuerpo de mi amor debajo del mío, y el tacto de su carne esculpida era incomparable: ni blando, ni mullido, ni sudoroso, sino seco, duro, suave, limpio y puro. Y yo estaba encima, blanca como el marfil, porque había sido bañada por el mar, lavada, bautizada, purificada, y el sol me había secado dejándome limpia y tersa.
Como las algas quebradizas, crispadas e impregnadas de un intenso olor, como las piedras erosionadas, pulidas, redondeadas, limpias, como la brisa acre y salina, así era el cuerpo de mi amado. Bastó este sacrificio orgiástico en el altar de la roca y el sol para que yo resurgiera resplandeciente, limpia, de los siglos de amor, saciada del fuego devorador de su deseo despreocupado y eterno.

Sylvia Plath. Diarios

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