Alzheimer. ALCE Y MER
Alce y Mer
Hoy he encendido la chimenea. Se cuanto te agrada sentarte al calorcito y como te ensimismas al mirar las llamas. Siempre me ha gustado esa facilidad tuya para abstraerte. Dejas la mirada fija, y permaneces así unos instantes, hasta que algo te devuelve. Tal vez de tanto hacerlo hayas decidido no volver, tal vez estés más a gusto en el lugar al que te ausentas.
Te he comprado un regalo, una gorra nueva, la que tienes está bastante pasadita y sé que te gusta llevar la cabeza tapada. “En todos mis años de cartero no he olvidado la gorra ni una sola vez”, me responderías si pudieras.
Hoy no saldremos a dar el paseo alrededor de la casa, hoy nos quedaremos al calor de la lumbre y celebraremos nuestro aniversario. Son tantos años. Nuestras bodas de oro. Sé que te acuerdas, se que la fecha está marcada en algún lugar de tu cerebro apagado. Te brillan los ojos. ¿Recuerdas?
7 de febrero de 1957. Alceste Fernández, ¿quieres por esposo a Merlín Pérez, para honrarle y respetarle, en la salud y en la enfermedad, todos los días de tu vida, hasta que la muerte os separe? Mi corazón saltaba de felicidad. “Si” respondí con un hilo de voz. Eras tan guapo, todavía lo eres, no te creas.
Déjame que coja tu mano, así, juntitos, como hemos estado siempre desde aquel día. Este sofá es cómodo. Hemos pasado aquí muy buenos ratos.
Ya no hago punto, ¿lo has notado verdad? No es que no me guste, pero mis ojos están tan cansados, que prefiero mirar el fuego o estar atenta a cualquier variación de tu gesto. No, no te preocupes, el fuego está controlado, ¿ves? He puesto el protector.
He comprado pitisús de chocolate y vino de moscatel en la pastelería de la plaza nueva. No te imaginas lo que ha subido todo. Es curioso, fue justo con la entrada del Euro cuando empecé a notar que te alejabas. Al principio pensé que no querías molestarte en las multiplicaciones y compramos la calculadora, a mí también me costaba hacer cuentas. Dios mío, si apenas se leer y escribir. Pero cuando te vi revolverte en el sillón y apoyar la cabeza de medio lado, mientras subías las piernas y te acurrucabas como un niño asustado, supe que algo se me escapaba. Llevabas un tiempo distraído y a veces me parecía que no me escuchabas. A nuestra edad van fallando los sentidos. Pensé que no oías bien.
Estos pasteles son buenísimos. Ya te lo pongo en la boca, verás que rico. Ahora un sorbito de moscatel, así, muy bien, despacito.
Merlín, cincuenta años juntos y sigue gustándome pronunciar tu nombre como el primer día. Siempre supe que tenías algo de mago, de adivino, de profeta. Merlín, el cartero de Almedilla. Eres algo más que un repartidor de cartas, eres un amigo y un consejero para todos los vecinos. No dejan de venir a interesarse por ti, aunque tú no los veas, aunque no los recuerdes.
Nunca quisiste dejar el pueblo y me alegro, porque no me hubiera gustado abandonar a mis padres en sus frías y tristes tumbas. Saber que estamos tan cerca me conforta. A veces los veo con mi imaginación, aquí, en la misma casa donde ellos vivieron, y los veo en las habitaciones o paseando por las calles empedradas del pueblo o hablando con los vecinos, y me llega su calor y su consuelo.
Está nevando. Ha nevado mucho estos días y todo el pueblo esta blanco. Mal día para repartir cartas.
Los chicos no vendrán, hace demasiado frío y el pueblo está prácticamente incomunicado. Te quieren mucho y se preocupan pero ya les he dicho que estamos bien y que es aquí donde queremos estar. En la casa donde hemos vivido toda la vida. En el pueblo en el que nacimos, respirando el mismo aire que respiraron nuestros padres, escuchando el mismo río que ellos escucharon, el mismo sonido del viento agitando los árboles, el lento silencio de los copos de nieve o la lluvia estruendosa sobre las tejas.
He dejado los perros en casa de Tobías, siempre ha sido bueno con los animales, y allí donde vamos no podemos llevarlos. Todavía son jóvenes y listos. La Actea no quería quedarse, Tobías ha tenido que atarla porque se volvía a casa, ladraba la pobre, como si supiera. Mi perrita buena. ¿Oyes?, ya está en la puerta, hasta que no se ha soltado no ha parado. Ven aquí perrita mala, anda caliéntate un poco que hace un frío que pela. Mira Merlín, se ha tumbado a tus pies.
Va cayendo la noche en el pueblo como cayó en tu cerebro, lentamente, sin enterarte apenas, sin que yo me enterara del gris que te envolvía hasta convertirse en negro.
Es la hora. Te daré la rica bebida que he preparado para los dos. Abre la boca, así, un poquito más, ¿ves que bueno está? Con el moscatel apenas se nota el sabor amargo de los polvos. Deja que gire tu cabeza. Tus ojos son lo último que quiero ver antes de que los míos se cierren. El tacto de tu mano sigue siendo cálido y suave. Duerme, duerme Merlín. Que vino tan dulce, dueeer…me.
Por Maite G.
