ADICTOS A LAS BASURAS. (DON RAMÓN). Cuento
En el bullicioso mercado de la ciudad, donde los aromas de las especias se mezclan con el humo de los puestos de comida, vive un hombre al que todos llaman Don Ramón. No es un vendedor ni un comprador habitual, sino un recolector. Su oficio, que muchos miran con desprecio, es el de recoger lo que otros desechan: las basuras.
Don Ramón no es el único. En las sombras del amanecer, antes de que la ciudad despierte por completo, un ejército de recolectores de basura recorre las calles con sus carritos de mano. Entre ellos, hay jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, todos unidos por una necesidad imperiosa: la de encontrar tesoros ocultos entre los desperdicios.
La historia de Don Ramón es particular. No siempre fue un recolector. En su juventud, era un comerciante próspero, conocido por su generosidad y su sonrisa fácil. Pero la vida, con su cruel ironía, le arrebató todo en un abrir y cerrar de ojos: un incendio devastó su negocio y, poco después, la enfermedad se llevó a su esposa y a su hija. La tragedia lo sumió en una profunda tristeza, empujándolo a las calles en busca de una nueva razón para seguir adelante.
Para muchos, la basura es solo eso, basura. Pero para Don Ramón, es un mundo de posibilidades. Cada bolsa que revisa es un recordatorio de que lo que unos consideran inútil, otros pueden verlo como un recurso invaluable. En una vieja maleta rota, encontró libros que lo acompañaron en sus noches solitarias. En un sofá desechado, halló comodidad y un rincón para recordar.
Entre los recolectores, también estaba María, una joven madre soltera que perdió su trabajo en la fábrica. Sus manos, que solían coser con destreza, ahora escarbaban entre desechos, buscando cualquier cosa que pudiera vender para alimentar a su hijo. Su sonrisa, aunque desgastada, aún conservaba una chispa de esperanza.
Don Ramón y María formaron un vínculo especial, una camaradería nacida de la necesidad compartida y del entendimiento mutuo. Se cuidaban el uno al otro, compartiendo hallazgos y sueños rotos. Había días buenos, en los que encontraban algo valioso, y días malos, en los que regresaban con las manos vacías pero con el espíritu intacto.
Un día, mientras revisaban un contenedor, encontraron un viejo cuadro con un marco dorado. Estaba sucio y roto, pero Don Ramón, con sus ojos entrenados, vio más allá de la superficie. Lo llevaron a un experto, quien les confirmó que era una obra de arte valiosa, perdida hace muchos años.
Esa noche, mientras el sol se ponía, Don Ramón y María se sentaron en el borde de la calle, mirando el cuadro. No solo habían encontrado un tesoro material, sino también una metáfora de sus propias vidas. Ellos, considerados basura por muchos, demostraron que dentro de cada persona hay un valor incalculable, esperando ser descubierto.
Decidieron vender el cuadro y utilizar el dinero para abrir un pequeño negocio. Un café donde los recolectores pudieran descansar, compartir historias y, sobre todo, encontrar un sentido de comunidad. En las paredes del café, colgaron fotos de todos aquellos que, como ellos, habían encontrado una segunda oportunidad en las cosas que otros desechaban.
El café de Don Ramón y María se convirtió en un símbolo de esperanza y resiliencia. Un lugar donde los adictos a las basuras, como la sociedad los llamaba, demostraron que incluso en los lugares más oscuros, se pueden encontrar rayos de luz. Y así, en medio de la ciudad bulliciosa, nació una historia de redención y fortaleza, donde la basura dejó de ser solo basura, para convertirse en el fundamento de nuevos comienzos.