ACUMULADORES COMPULSIVOS. (Cuento, doña Emilia)

 Acumuladores Compulsivos

En una vieja casa al final de la calle, donde las ventanas estaban siempre cubiertas por cortinas pesadas y el jardín había sido invadido por maleza, vivía Doña Emilia. Para el vecindario, ella era una figura misteriosa, casi legendaria. Los niños la llamaban "la bruja de la esquina", pero la realidad era mucho más compleja y triste.

Doña Emilia era una acumuladora compulsiva.

La vida de Doña Emilia no siempre había estado envuelta en montañas de objetos. Hubo un tiempo en el que su casa era un lugar ordenado y acogedor, lleno de risas y visitas de amigos. Pero la pérdida de su esposo y la distancia de sus hijos fueron devastadoras. La soledad se convirtió en su única compañía, y lentamente comenzó a llenar el vacío con cosas.

Todo comenzó de manera inocente: un jarrón que le recordaba a su madre, una silla que nadie más quería, un libro encontrado en la basura. Pero con el tiempo, estos objetos comenzaron a amontonarse. Doña Emilia no podía soportar la idea de deshacerse de nada, porque cada cosa tenía un significado, una memoria, una parte de su vida que temía olvidar.

Las habitaciones de la casa se convirtieron en laberintos de cajas, periódicos y objetos diversos. Solo un pequeño sendero permitía moverse de una habitación a otra. La cocina estaba llena de platos viejos y utensilios, muchos de los cuales no habían sido usados en años. En el salón, las sillas y el sofá habían desaparecido bajo montañas de ropa y revistas.

Un día, una joven asistente social llamada Ana fue enviada por la municipalidad para visitar a Doña Emilia. Ana había escuchado las historias sobre la "bruja de la esquina", pero lo que encontró fue una mujer frágil y solitaria, atrapada en un mundo de recuerdos tangibles. Ana se sentó con Doña Emilia y escuchó pacientemente las historias detrás de cada objeto. Comprendió que, para Doña Emilia, deshacerse de esas cosas era como perder a sus seres queridos de nuevo.

Ana decidió ayudar. No fue fácil, pero con paciencia y compasión, comenzó a ganarse la confianza de Doña Emilia. Juntas, empezaron a clasificar los objetos: lo esencial, lo donable y lo que realmente debía ser desechado. No se trataba solo de limpiar la casa, sino de ayudar a Doña Emilia a soltar el pasado de una manera que no le causara más dolor.

En el proceso, Ana aprendió mucho sobre la vida de Doña Emilia. Descubrió que había sido una maestra amada, que disfrutaba de la jardinería y que había viajado por el mundo en su juventud. Ana le propuso recuperar su jardín, un proyecto que podría darle un nuevo propósito. Doña Emilia aceptó con una sonrisa tímida, y poco a poco, empezaron a limpiar el jardín.

Los vecinos, al ver el cambio, comenzaron a ofrecer su ayuda. Los niños que antes la temían ahora la saludaban con curiosidad y respeto. Doña Emilia, con la ayuda de Ana y la comunidad, no solo empezó a liberar su casa de los objetos acumulados, sino también su corazón de la carga de la soledad y el dolor.

El jardín floreció y con él, Doña Emilia. Los objetos importantes fueron cuidadosamente guardados en un rincón especial de la casa, y el resto fue donado o reciclado. La casa, antes oscura y llena de cosas, ahora estaba llena de luz y vida.

Doña Emilia volvió a sonreír. Ya no era la "bruja de la esquina", sino una vecina querida y respetada. Y Ana, que llegó como una asistente social, se convirtió en una amiga cercana y confidente.

En la calle al final del vecindario, donde antes había una casa llena de sombras, ahora había un hogar que rebosaba de amor, recuerdos felices y nuevas esperanzas. La historia de Doña Emilia es un testimonio de cómo, con un poco de ayuda y mucha comprensión, incluso los acumuladores compulsivos pueden encontrar el camino de vuelta a la luz y la alegría.

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