ALBERT CAMUS A MARÍA CASARES
"Acabo de leer tu dedicatoria, niña mía, y ahora tengo por dentro algo que se estremece. Por mucho que me diga que a veces se escriben cosas así, en un arrebato, sin poner el alma entera, me digo al mismo tiempo que hay palabras que no escribirías porque no las sientes.
Soy tan feliz, Maria… ¿Será esto posible? Lo que se estremece en mí es una especie de loca alegría. Pero al mismo tiempo tengo esa amargura de tu marcha y la tristeza de tus ojos en el momento de separarnos. Cierto es que lo que tengo de ti posee siempre un sabor en que se mezclan la felicidad y la inquietud. Pero si me quieres, como me lo escribes, tenemos que conseguir otra cosa. Es ahora nuestro tiempo de querernos y debemos pretenderlo con suficiente fuerza y durante tanto tiempo como para pasar por encima de todo.
No me gusta esa visión clara que pretendías tener esta noche. Cuando se tiene alma, se tiene tendencia a llamar lucidez a lo que frustra y verdad a cuanto nos viene bien. Pero esa lucidez es tan ciega como cualquier otra cosa. No hay más que una clarividencia, la que pretende conseguir la felicidad. Y sé que por muy breve que sea, por muy amenazada o muy frágil, hay una felicidad lista para nosotros dos si tendemos la mano. Pero hay que tender la mano.
Espero que llegue mañana, que lleguéis tú y tu querido rostro. Esta noche estaba demasiado cansado para hablarte de este corazón desbordante que te debo a ti. Hay algo que es solo nuestro y donde siempre me reúno contigo sin esfuerzo. Son las horas en que callo, y entonces dudas de mí. Pero no importa, el corazón me rebosa de ti. Adiós, cariño. Gracias por esas pocas palabras que me han dado tanta alegría, gracias por esa alma que ama y a la que amo. Te beso con todas mis fuerzas.