Cuento. Juan y la campanilla


A pesar de mi oposición rotunda, lloros y pataletas para 
no ir al campamento, aquí estoy, en un claro del bosque rodeado de enormes arboles y escuchando el ruido del silencio nocturno.

Las estrellas cubren el cielo como una bengala inacabable. Nunca lo había visto tan cuajado de luz. La luna brilla en lo alto mirando de frente, con su cara redonda, al centro mismo de la hoguera alrededor de la cual nos sentamos, formando un circulo los chicos y chicas mayores. Los pequeños ya están durmiendo. Dentro de las tiendas de campaña veo movimientos, como sombras chinescas, de los más remolones.  

Hoy hemos ido al rio. Desde aquí escucho el murmullo de la corriente. El monitor nos ha enseñado a pescar con un palo, claro que no hemos pescado nada, pero ha sido divertido, el tiempo pasa muy deprisa. Una semana y ni me he enterado.

Esta noche me toca contar un cuento y estoy nervioso, me da un poco de vergüenza me pondré colorado como un tomate cuando empiece a hablar, ya casi me castañetean los dientes. Las llamas de la hoguera me tienen como hipnotizado y he añadido el palo que me ha servido de bastón estos días para avivarla. Ya no voy a necesitarlo. Mañana vuelvo a casa.

-Pedro, puedes empezar dice el monitor y las caras de mis compañeros se vuelven hacia mi y me clavan sus ojos expectantes.

-Había una vez, digo con temor, en una ciudad, un viejo hospital. 

Los días pasaban lentos y tristes en aquella habitación. Sólo la hora de la visita alegraba el corazón de Juan. Las caricias y el amor de su familia le llenaban de esperanza. Hablaban con las enfermeras que se repartían el trabajo de los muchos pacientes que atender, y a veces con el médico que siempre decía que, con reposo y las medicinas, se podría curar. Pero Juan tosía y tosía cada día más. Cuando tenía una crisis y apenas podía respirar, tocaba la campanilla que había en la mesita. La enfermera venia a toda velocidad y le ponía oxigeno hasta que se le pasaba. 

La habitación era lúgubre, oscura, situada en la quinta planta de un edificio de nueve alturas que albergaba gran cantidad de enfermos con enfermedades respiratorias, Juan ocupaba, por antigüedad, la cama junto a la única ventana. Un viejo medio paralitico, huraño y protestón, a quien nadie visitaba, dormitaba renegando en la cama de al lado. Cada día, Juan le contaba las maravillas del paisaje que veía desde la ventana. Los pájaros que cantaban sobre las ramas de los arboles, los niños jugando en el parque, la fuente, el trasiego de gente yendo y viniendo, los abuelos sentados en los bancos o jugando a petanca, las mujeres con sus sombreritos, y el cielo azul, en el que despertaba y dormía el sol cambiando los colores de las nubes como si cambiaran de traje. El viejo deseaba con todo su ser la cama junto a la ventana, un día tras otro la envidia le corroía por dentro. 

Juan cumplió 12 años en el hospital el día de San Juan, su madre le regaló un gorrito para dormir que ella misma había hecho. La habitación era fría. Por la noche Juan empezó a toser y a  toser y a toser. Extendió la mano buscando la campañilla, su garganta se iba cerrando y el aire ya no penetraba en sus pulmones. La campanilla no estaba. Juan cayó de la cama en un suspiro de agonía y, allí, en el suelo, lo encontraron las enfermeras por la mañana.

El viejo ocupó la cama de Juan. Con sensación de triunfo apretaba en su mano la campanilla. Al mirar por la ventana. Sólo vio un tejado.

Cuenta la leyenda que en las noches de San Juan se oye sonar una campanilla entre las ruinas de aquel viejo hospital.

 17/10/2013. 

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